1
AMADO AMO
Rosa Montero
1
Al entrar en el aparcamiento subterráneo casi se empotró contra la trasera de un automóvil
rojo.
El otro conductor sacó la cabeza por la ventanilla: una coronilla rala, unas mejillas
blancas y enrojecidas, unos ojos hinchados.
Perdona, chico, pero hay un cretino que ha
ocupado mi plaza.
Era Matías.
César dio marcha atrás para facilitarle la maniobra, y el
coche rojo retrocedió zumbando, derrapando y rasguñándose el costado contra una de las
columnas de hormigón.
Matías se apeó hecho una furia: Maldita la leche que, me cago en
la, hay que joderse con el.
Mascullaba imprecaciones mitad para sí, mitad para César; y
también para el magullado alerón del auto, y sobre todo para el encargado del
aparcamiento, que venía ahora hacia ellos envuelto en un mono untado de grasa: despacio,
muy despacio, como si quisiera dar tiempo a que Matías se vaciara de maldiciones; o quizá
simplemente por fastidiar.
Que quién ha sido el imbécil que ha metido un coche en mi
plaza.
El tipo se rascó la barbilla, se encogió de hombros: Son órdenes, yo no sé nada.
¿Órdenes? ¿Qué órdenes? A mí me han dicho que a partir de hoy esa plaza es del señor
Martínez, respondía cazurramente el otro, escupiendo de cuando en cuando alguna brizna
invisible de materia, como si tuviera en la lengua una hebra de tabaco que no acabara de
expulsar.
Matías abrió la boca, la cerró.
Y César pensó: Está acabado.
Quién lo ha
ordenado, preguntó el mediomuerto con voz ronca.
El señor Pibu, dijo el encargado, yo no
sé nada.
Pittbourg, el subdirector administrativo.
Matías parpadeó, tragó saliva
ruidosamente, dio media vuelta, empezó a caminar hacia la salida con pasos de ciego.
César entregó las llaves de su coche al empleado y corrió tras su colega.
Por debajo de los
rosetones de sus mejillas, Matías mostraba un semblante fosforescentemente lívido; las
venillas moradas de su nariz parecían el mapa de una cuenca hidrográfica.
No te preocupes,
Matías, empezó a decir César.
E inmediatamente se dio cuenta de que Matías estaba en
realidad tan preocupado que la frase resultaba algo brutal: era como mentarle la chepa a un
giboso.
No te enfades, Matías, rectificó entonces, porque el enfado era siempre una
emoción más digna, la furia era un atributo de los dioses.
Venga, hombre, Matías, no te
cabrees, a mí también me quitaron la plaza del aparcamiento hace unos meses, no es para
ponerse así.
¿No?, musitó Matías, lanzándole una fugaz mirada de reojo.
No, hombre, ya
[Menos]